miércoles, 15 de enero de 2025

“Vigilar y castigar”

Foucault realiza una revisión histórica para analizar las relaciones de poder-saber a lo largo de la historia y cómo estas se han manifestado en su materialidad y su fuerza en el uso político del cuerpo, o tecnología del cuerpo que ha ido transformándose desde el suplicio, en el cual el soberano revalidaba su poder, hasta la penalidad, donde el cuerpo aparentemente desaparece del castigo siendo el alma la protagonista que, sin embargo, instrumentaliza el uso del cuerpo, logrando que el cuerpo no desaparezca en su relación con el poder. 

Posteriormente Foucault relata la sociedad disciplinaria caracterizada por una dominación de los cuerpos “dóciles”, los cuerpos pasan a ser parte de un mecanismo de poder cuyo efecto es la eficacia y la utilidad, enmarcados en un proceso de individualización en el cual “cada uno tiene su lugar”, cada cual está distribuido y en ello vigilado por un modelo “panóptico” el cual supone una permanente vigilancia que termina en la portación, del individuo disciplinario, del poder. 

El poder para Foucault consistía en una “microfísica” en la cual los propios cuerpos correspondían su materialidad y su fuerza” (p.27), lo que confirma que el poder no se da sin un cuerpo. A su vez este poder esta inverso en un dualismo poder-saber puesto se implican directamente, por ende, el recorrido histórico de Foucault se desarrolla bajo las relaciones cuerpo-poder-saber “El cuerpo, al convertirse en blanco para nuevos mecanismos del poder, se ofrece a nuevas formas de saber” (p.143)

El primer periodo abordado es el suplicio, donde el castigo se sumerge en la muerte agónica, a la luz del día y con la figura del soberano, acto que reactivaba el poder. El soberano ejercía su fuerza en la manifestación pública de la muerte del cuerpo de aquel que ha violado la ley y ultrajado su poder. Ese acto manifestaba el saber mediante la ejecución del poder en el suplicio. El poder, el saber y el cuerpo estaban actuando en la ejecución del último.

Posteriormente en un recorrido histórico el suplicio va desapareciendo, el arte de las torturas se suprime, deja de existir el espectáculo del dolor y cambian los engranajes del castigo. Esto trae consigo que el poder-saber deje de revalidarse en el suplicio, el cuerpo, al dejar de ser el blanco de la represión penal, aparenta una desaparición del castigo y la relación poder-saber-cuerpo parece quebrantarse, pero ¿Dónde pues se revalida el poder-saber? ¿Realmente el cuerpo desaparece?

En esta nueva era de la sobriedad punitiva el proceso penitenciario establece sus penas como “incorpóreas” y empieza a juzgar al alma, lo que es el sujeto pasa a ser juzgado y el cuerpo parece no ser desprendido sino instrumentalizado por el alma “el alma es la prisión del cuerpo” (p.30) el alma “una pieza en el dominio que el poder ejerce sobre el cuerpo” (p.30) confirmando así la indispensabilidad del cuerpo en la revalidación del poder.

Este hilo histórico sobre las tecnologías del cuerpo llega a la sociedad disciplinaria la cual fabrica “cuerpos ‘dóciles’”.  El cuerpo pasa a ser un mecanismo de poder, se funde en un esquema de control, de orden, tiempo, eficiencia y utilidad insertándolo en una relación de sujeción. Junto con ello la sociedad disciplinaria ha traído un proceso de distribución de los sujetos en el espacio, a cada cual le corresponde un lugar, un poder celular que articula nuevas formas de saber limitadas por el lugar al cual se me establece. El saber pasa entonces a homogeneizar a los sujetos dando parámetros de normalización a los cuales se sujetan sus lugares. Estos parámetros o localizaciones están controladas bajo vigilancia.

Esta vigilancia es crucial para la sociedad disciplinaria pues garantiza el funcionamiento del poder disciplinario, es su acompañante decisivo para garantizar la economía y la utilidad a la cual se ven inversos los cuerpos y las nuevas formas de saber. Esta vigilancia se manifiesta en la metáfora del panóptico: un estado permanente de vigilancia en la cual “los detenidos se hallan insertos en una situación de poder en la que ellos mismos son los portadores” (p.185) esto hace que el poder se internalice en los sujetos.

Ante esto la vigilancia de la sociedad disciplinada nos inserta en el poder, siendo la microfísica del poder encarnada en nosotros. Pero no es únicamente el poder el cual se internaliza sino, las tres dimensiones poder-saber-cuerpo pasan de una correlación a una encarnación en el individuo disciplinado. Ya no es el rey observando el suplicio, están en nosotros indefinidamente la revalidación del poder, el uso político del cuerpo y las nuevas formas de saber.







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